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Son esos lunes de mierda, de esos en los que te levantas con el pie izquierdo: nada más sonar el despertador te pegas un golpe en la espinilla con el canto de la cama; mientras desayunas te tiras el café por encima; te duchas y no hay agua caliente porque hay obras en el edificio; sales a por el metro y se avería; llegas tarde a la oficina y tu jefe, que también se ha levantado con el pie izquierdo, te pega una bronca de órdago. No han pasado ni dos horas de día y ya estás pensando en que se termine. Y obviamente, durante lo que queda de día la cosa no mejora. Pues eso mismo le pasó ayer al Mallorca, y aunque fuera domingo y no lunes, el resultado fue exactamente el mismo.

La cosa ya empezaba mal: poco más de 15.000 personas asistieron a Son Moix para ver a uno de los dos mejores equipos de la liga y actual campeón, poco más de media entrada. Síntoma inequívoco de que algo no funciona entre la masa social. Luego, fue pitar el árbitro el comienzo del partido y empezar el calvario. En la primera que se acercó, el Madrid marcó. Minuto 7 en el que Anderson Conceiçao echó por tierra las buenas sensaciones que había dejado en sus primeros partidos como bermellón: un mal control dejó la pelota franca y botando a Higuaín, que solo tuvo que fusilar a Aouate. El 0-1 echaba por los suelos todos los planteamientos de Caparrós, y todo pronosticaba que la cosa no iba a mejorar. Y no mejoró. Error en el pase del aún fuera de forma Andreu Fontàs que aprovechó el Madrid como un tiburón blanco cuando huele sangre: mordiendo. CR7 se encargó de que todo pareciera imposible y no llevábamos ni 20 minutos de encuentro. Joaquín Caparrós saltaba y gritaba desde su banda, pero su equipo ayer era un mar de dudas y un flan en defensa. Llegó el descanso con 0-2 como podía haber llegado con 0-5.

En el descanso el técnico mallorquinista señaló a Fontàs con el dedo y le dejó en la ducha, dando entrada a un inexplicablemente reserva Pina. Lo intentó el mediocentro, pero el daño ya estaba hecho. La vía de agua se abría por momentos y el Madrid, aún bajando el pistón, era una apisonadora queriendo aplastar a una cucaracha. Un juego de niños. Sin apenas plantar cara, los bermellones veían como los goles se iban sumando en el casillero madridista e iban redondeando una sonrojante goleada, una de las más amplias encajadas jamás por el Mallorca en su estadio. Higuaín, CR7 (que se encaró con el público local y volvió a dejar muestras de cómo sabe ganar) y Callejón, verdugo predilecto que nunca falta a la fiesta en Palma, sellaron la victoria blanca y el descalabro balear.

Al finalizar, caras de estupefacción en la grada, en el césped y en el banquillo. No se había inquietado ni una vez al Madrid, no se le había hecho pasar el miedo de otras ocasiones, no se habían aprovechado las incontables bajas blancas (tan o más numerosas que las de los mallorquinistas) y se sumaba la cuarta derrota consecutiva en liga. Es decir, todo lo que podía salir mal, salió mal. Solo faltó que se hundiera una de las gradas de Son Moix para que el día fuera un despropósito total. Así que, como hacemos todos cuando tenemos un lunes de mierda, a la cama y a olvidar, que al día siguiente el sol volverá a lucir igual y de los errores también se aprende.

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